En las megaciudades chinas, el caos urbano exige siempre correr más rápido que la vida. Todo pasa demasiado deprisa, y la ciudad parece empujarte un paso por delante, como si el cuerpo quisiera llegar antes que el alma.
Mientras hacía esta colección, me sentía como una cámara de tráfico: solo podía capturar líneas, no personas. El mundo se deshacía en trazos horizontales; no había figuras, solo velocidad. Este es su rastro.