No os voy a engañar: mi visita al templo de Lingyin, en Hangzhou, fue un caos. Nada más cruzar el pisar el lugar, sentí una sensación de asfixia y agobio que me acompañaría durante toda la estancia. Una marea de brazos, cuerpos y voces inundaba cada rincón del recinto, mientras el calor y el humo del incienso espesaban el aire hasta volverlo casi irrespirable.
Cuando por fin logré separarme de la multitud, pude observar aquel caos sagrado desde la distancia. La escena era tan mágica como dantesca: cientos de fieles rodeaban el brasero central, intentando acariciarlo con la palma de la mano, como si quisieran aferrarse a algo. Un bosque de manos estirándose hacia la suerte, la esperanza y la prosperidad; un fervor que avanzaba a empujones, a codazos. Allí, la fe no se contemplaba. Se palpaba.
Esta colección es eso: un retrato frenético e hipnótico que nos recuerda que la llama de la fe, cuando arde, también empuja.
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¿No es suficiente?