Esta colección nace en el interior de un Hyundai, un día de verano de 2025, mientras recorríamos Corea en coche en busca de su esencia más rural. No os mentiré: después de más de dos meses viviendo en el país, mis días habían sido una sucesión de hormigón, luces LED y asfalto. Empezaba a temer que aquella Corea tradicional que imaginaba se hubiera evaporado por completo bajo el peso de una modernización acelerada.
Pero, de repente, todo cambió. Los tonos grises y oscuros de la ciudad dieron paso al verde y al dorado de los arrozales, que brillaban vivos bajo el sol. Nos detuvimos casi por instinto, sorprendidos por la belleza de aquel paisaje. Parecía que el tiempo se hubiera detenido allí: los campesinos seguían trabajando la tierra con sus manos como única herramienta, los grillos sustituían a la orquesta de bocinas que gobernaba la ciudad, y la brisa tenía esa frescura que solo sientes cuando estás lejos del ruido del mundo.
"¿Cómo podía existir una escena así a tan solo unos kilómetros de Seúl, una de las metrópolis más modernas y masificadas del planeta?"
La escena más poética —y la que inspira esta colección— llegó al final, cuando ya nos marchábamos. Con el skyline de la ciudad dibujándose en el horizonte, miré por última vez el retrovisor. Allí, en aquel pequeño espejo, un hombre seguía trabajando la tierra con dedicación, como si fuese una ventana a otro tiempo. El coche —como el tiempo— avanzaba impasible hacia los rascacielos, hacia el futuro, mientras la figura quedaba cada vez más atrás, más pequeña, más lejana, más frágil. Como el pasado.
En aquel último reflejo dentro del Hyundai pudimos ver una Corea que, poco a poco, se desvanece; un pasado que aún resiste, pero que cada día queda un poco más atrás. Me pareció una escena poderosa, una metáfora hermosa. De aquí allí nace esta colección.
¿Te has quedado con ganas de más? Echa un vistazo a estas colecciones y continúa recorriendo el mundo con la mirada.
¿No es suficiente?